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El Sonido de las Voces que se Hunden

2022

Comisariado y texto Blanca de la Torre

Las clepsidras se remontan al Antiguo Egipto y eran relojes de agua que se utilizaban para medir el tiempo por las noches, cuando no podía hacerse uso de los relojes de sol. Un cronómetro de agua parece la metáfora punzante de un pueblo que tiene los días contados, un futuro marcado por el mar que lo va devorando como consecuencia de la crisis climática, ahogando a la vez la memoria de sus territorios-cuerpo.

 

Es el caso de la aldea hondureña de Cedeño, donde el océano devora 1,22 metros de costa al año, y con ello engulle hoteles, restaurantes, oficinas, salas de fiesta y las casas de 600 familias hasta la fecha. 

Hablar de “cambio climático” es un eufemismo de mal gusto en lugares como Honduras, zona roja del mapa sobre el cambio climático del IPCC y uno de los tres países más vulnerables ante este fenómeno antropogénico. No cabe duda de las causas que subyacen bajo este drama, como la deforestación, la devastación de los manglares, la extracción de sal, las granjas de camarón, la contaminación, la agricultura intensiva… pero pocos añaden en voz alta otro factor: la deuda climática. 

 

Las consecuencias más directas conllevan enfermedades, pérdida de biodiversidad, la destrucción de manglares, la expansión de los monocultivos y desecación de los pozos por desequilibrios en los niveles de salinidad, el desplazamiento de la pesca y, por supuesto, la desposesión y el éxodo masivo de la población. La única escuela del pueblo presenta un índice del 66% de abandono escolar, niños que en su mayor parte se han visto forzados a trabajar en las industrias extractivas o a emigrar. 

 

La crisis climática es la tercera causa de emigración en el país, tras la violencia o el hambre, que al fin y al cabo no dejan de tratarse de la misma crisis. Como señalaba Petra Kelly:

Necesitamos políticas de ecojusticia, y necesitamos comprender las dimensiones espirituales de nuestras vidas, de nuestro interconectado planeta Tierra, ¡de nosotros mismos! No podemos darnos un festín con los recursos globales cuando los pobres del mundo luchan por sobrevivir en tierras inhóspitas. Es tan simple como eso. Los ricos son los que están haciendo que el mundo sea más pobre. El medioambiente y la pobreza son una crisis, no dos, que no deja de ser lo que vino a decir tiempo atrás Rosa Luxemburgo: se llama sociedad capitalista en estado puro.

 

Así es esta naturaleza, cuya fragilidad es la nuestra, decía Bernard Charbonneau, señalando también que cuando perturbamos la naturaleza estamos cortando nuestra propia carne. La subida del nivel del mar habla literal y simbólicamente de muchas cosas. Habla de agua y de tierra, las dos partes en que se divide el mundo. Habla de una balanza de justicia ambiental que nunca estuvo equilibrada, del mismo modo en que la imagen del nivel del mar subiendo es, al mismo tiempo, un gráfico de colonización, de género, de racismo, inequidad y segregación. En definitiva, ilustra la gran tríada CPC —capitalismo, patriarcado, colonización— sobre la que se fundamentó la historia de devastación ecológica del planeta, y que se trata de una cadena compuesta por otros eslabones como el racismo ambiental, las migraciones climáticas, el exterminio de pueblos originarios, la extinción de las especies y las políticas de extracción, todas ellas inscritas en una narrativa de cuerpos-memoria-territorio. Habla pues, de una cultura construida con cimientos CPC que, como apunta Naomi Klein valora tan poco las vidas de los negros y mulatos que está dispuesta a dejar que desaparezcan seres humanos bajo las olas, o que se prenda fuego en centros de internamiento, también estará dispuesta a dejar que los países donde viven personas negras y mulatas desaparezcan bajo las olas o se sequen bajo un calor árido. 

 

Con este punto de partida, se extendió una invitación a un grupo de ocho artistas para imaginar en colectivo y reflexionar en torno a la problemática de Cedeño, desde lo estético-político, pues las prácticas artísticas nos pueden ayudar a entender el lugar que ocupamos dentro de esa responsabilidad hacia nuestro sistema-mundo. La mayoría de las propuestas están concebidas de manera específica para el proyecto, tomando forma desde diferentes ángulos, para articular demandas ante esa suerte de extractivismo de cuerpos, de culturas, de territorios. 

 

El proyecto se concibe a largo plazo, abierto, cuyo detonante será una primera exposición en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa –que pretende continuar al año siguiente–, así como una serie de encuentros, actividades y eventos teóricos. Un proyecto que busca tejer construcciones de posibilidades con la memoria de los pueblos, la memoria de las memorias, esa que huye de las narrativas oficiales.

 

Solo un esquema de carácter procesual puede responder de manera adecuada a una crisis que entendemos ha de ser abordada desde lo sistémico, del conocer desde el escuchar, trabajando otras temporalidades y huyendo del evento puntual. 

Todo ello irá acompañado de una publicación construida desde este mismo gesto procesual y relacional, que nos permita construir contra-narrativas desde el propio territorio, que implique incluso cuestionar la validez de un relato disidente desde el propio Centro Cultural de España o si la contradicción nos supera. Hace que sea inevitable cuestionarnos hacia dónde y para quién se dirige la cultura, e intentar mantener un esquema decolonial, tratando de entender las contradicciones que pueda conllevar.

La idea es plantar la semilla de un proyecto que vaya echando raíces, que se construya desde la comunidad, lo colectivo y lo polifónico, donde el tiempo nos irá indicando caminos e itinerarios posibles. Que nos encamine a un modo de organización política comunitaria desde la imaginación radical, que permita pensar otras formas de vivir y abra espacio para los cabos sueltos, que sugiera otras formas de relación y establezca vínculos desde otro lugar para trabajar una posible transición ecosocial. 

 

En ese mismo orden de ideas, el ejercicio pasaría por reimaginar que son otros los niveles que suben: de solidaridad, de empatía, de resiliencia colectiva; por desextractivizar para nivelar y buscar otras narrativas que hagan de contrapeso final. Un ejercicio de restitución y reconocimiento de la deuda ecológica. 

Intentaremos articular un proyecto atemporal y abierto, alineado con un nuevo Baktún, ese del que nos habla Lorena Cabnal como la entrada de un tiempo nuevo, la posibilidad de construir cosas diferentes. La ecofeminista comunitaria señala cómo la confluencia del nuevo Baktún ha permitido la unión de mujeres que vienen de lucha de pueblos indígenas con feministas y hablar de nuevas formas de resistencia que están haciendo posible que, reconociendo las diferencias entre movimientos heterogéneos, se estén juntando por un objetivo común: la lucha por y la defensa de la vida.

 

La historia de la crisis climática es la historia de los sistemas de opresión, y sin desmontar ese relato, no podemos construir una narrativa válida común de transformación, resiliencia y renovación. No podemos permitir que se ahoguen las historias otras. Todas y todos tenemos derecho a participar en las negociaciones sobre el mundo, del mismo modo que tenemos la responsabilidad de dar voz a los silencios, al sonido de las voces que se hunden.

 

 

 

Artistas participantes en la exposición: Juan Zamora (España), Cecilia Chueca (Perú), Claudia Sevilla (Honduras), Amy Balkin (EEUU), Paolo Cirio (Italia), Marta Serna (España), Adán Vallecillo (Honduras), Regina José Galindo (Guatemala).

 © 2020

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